La meritocracia se presenta como un contrato moral sencillo: si te esfuerzas, subes; si no subes, algo hiciste mal. No es solo una idea bonita sobre justicia; es una religión civil: un régimen de sentido que reparte culpa y merecimiento, decide quién “vale”, y convierte una estructura desigual en una biografía individual. La promesa funciona porque suena democrática: cualquiera podría ganar. Pero también funciona porque es políticamente útil: cuando la desigualdad se interpreta como resultado de méritos, deja de verse como problema institucional y se vuelve un asunto de carácter.
Pierre Bourdieu lo formuló antes de que la palabra “meritocracia” se volviera mantra de recursos humanos: la escuela no solo enseña; clasifica y reproduce. Su punto no era negar el valor del aprendizaje, sino desmontar el truco simbólico: convertir ventajas heredadas (capital cultural, redes, seguridad material, códigos lingüísticos) en credenciales “neutrales”. La desigualdad entra por la puerta de atrás y sale con sello oficial. Así, el sistema no necesita decir “excluimos”; le basta con declarar “seleccionamos por mérito”.
La incomodidad aparece cuando se mira la movilidad con evidencia dura. En 2018, la OCDE popularizó un dato que, por sí solo, perfora el optimismo meritocrático: en promedio, se necesitan alrededor de cinco generaciones para que una familia de bajos ingresos alcance el ingreso medio en países de la OCDE. No es un argumento moral, es aritmética social: si el ascenso tarda un siglo, el “échale ganas” funciona más como consuelo que como diagnóstico.
La meritocracia, además, no solo describe el mundo: lo justifica. En psicología social, una línea experimental relevante muestra que activar creencias meritocráticas aumenta la tendencia a legitimar desigualdades de estatus, incluso cuando esas desigualdades perjudican al propio sujeto. McCoy y Major lo documentaron en Journal of Experimental Social Psychology: el mérito, convertido en creencia, opera como anestesia moral. La conclusión es dura: la meritocracia no solo explica quién gana; explica por qué los que pierden aceptan la derrota como “merecida”.
Aquí entra otro hallazgo perverso: el mito puede fortalecerse justo donde más falta hace desmentirlo. Jonathan Mijs ha mostrado, con datos comparados, que la creencia popular en la meritocracia puede aumentar o sostenerse incluso en contextos de desigualdad; su trabajo sobre el “paradigma de la desigualdad” sugiere que, en sociedades más desiguales, la gente no necesariamente se rebela más: muchas veces normaliza, racionaliza y ajusta expectativas. La meritocracia se vuelve una explicación psicológicamente cómoda: si el sistema es justo, el mundo duele menos; si el sistema es injusto, la vida se vuelve intolerable.
El problema no es afirmar que “estudiar no sirve”. El problema es más preciso y más corrosivo: estudiar puede ser condición necesaria, pero ya no es condición suficiente cuando la estructura asigna oportunidades por canales no meritocráticos. La movilidad depende de mercados formales disponibles, de geografía, de redes, de estabilidad familiar, de capital cultural y de acceso a instituciones de alta calidad. La evidencia sobre movilidad en Estados Unidos, por ejemplo, muestra que la movilidad intergeneracional no solo es limitada; también es profundamente territorial: el lugar donde creces altera de manera sustantiva tus probabilidades de ascenso. El mérito individual compite —y a veces pierde— contra la infraestructura social.
Por eso la meritocracia opera como religión civil: porque reemplaza preguntas políticas por diagnósticos morales. Donde debería discutirse capacidad estatal, estructura productiva, mercado laboral formal, segregación territorial o herencia, aparece una explicación más barata: “falta esfuerzo”. Y cuando esa explicación domina, la desigualdad se vuelve legítima; la movilidad, excepción heroica; y la frustración, culpa privada. La estructura desaparece del mapa y reaparece como autoestima.
El resultado social es doble. Por un lado, se le exige al individuo lo que solo puede producirse colectivamente: que su título compense la falta de empleo formal, la precarización y las barreras de entrada. Por otro, se castiga simbólicamente a quien no “asciende”: no solo pierde ingresos, pierde respeto. La meritocracia no solo ordena la economía; organiza la dignidad.
La alternativa no es abandonar el mérito, sino desfanatizarlo. Reconocer que el mérito existe —pero está condicionado— obliga a volver a lo que la meritocracia suele esconder: que la igualdad de oportunidades no se decreta con discursos, se construye con instituciones y con mercados donde el esfuerzo tenga dónde convertirse en vida digna. Si no, seguiremos rezándole a una religión civil que absuelve al sistema y convierte la desigualdad en biografía.
Referencias
Bourdieu, P., & Passeron, J.-C. (1990). Reproduction in education, society and culture (2nd ed.). Sage.
McCoy, S. K., & Major, B. (2007). Priming meritocracy and the psychological justification of inequality. Journal of Experimental Social Psychology, 43(3), 341–351.
Mijs, J. J. B. (2018). Visualizing belief in meritocracy, 1930–2010. Socius, 4, 1–14.
Mijs, J. J. B. (2019). Income inequality and belief in meritocracy go hand in hand. Socio-Economic Review (preprint).
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2018). A broken social elevator? How to promote social mobility (Main findings). OECD.
Chetty, R., Hendren, N., Kline, P., & Saez, E. (2014). Where is the land of opportunity? The geography of intergenerational mobility in the United States. The Quarterly Journal of Economics, 129(4), 1553–1623.

No hay comentarios:
Publicar un comentario