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martes, 10 de febrero de 2026

No te engañan con mentiras, te saturan con dudas contruidas por ellos: Políticos y Marcas


Se repite una idea tranquilizadora: si alguien está confundido, es porque “no se informó bien”. Como si la ignorancia fuera un accidente, un vacío natural que la información correcta llena. La investigación dice otra cosa: una parte de la ignorancia contemporánea es producida, no padecida. No es solo ausencia de datos; es una técnica de poder que administra dudas, marcos mentales y fatiga cognitiva. Y funciona igual en campañas políticas que en industrias que defienden productos: no siempre te cambian la opinión; primero te cambian la sensación de certeza.


La palabra académica para esa fábrica de “no saber” es agnotología: el estudio de cómo se hace y se mantiene la ignorancia de manera cultural e institucional. Robert Proctor la planteó precisamente para nombrar un fenómeno que el sentido común tiende a subestimar: que la ignorancia puede tener geografía política, agentes activos y métodos reconocibles, como la selección de evidencia, la confusión inducida o la destrucción de trazabilidad.


El caso canónico —porque deja documentos— no viene de una teoría conspirativa, sino de archivos corporativos. En 1969, un memo interno de Brown & Williamson sintetizó una estrategia que se volvió escuela: “Doubt is our product”, la duda como producto para competir contra un “cuerpo de hechos” ya instalado en el público. Lo relevante no es la frase, sino la lógica: cuando la evidencia es mala para el negocio, no hace falta refutarla; basta con sembrar incertidumbre y alargar la discusión. Esa misma ingeniería de duda se recicla en política: si logras que el ciudadano piense “no se puede saber”, ya ganaste tiempo, debilitaste demandas y frenaste regulación.


El segundo mecanismo es más elegante y, por eso, más frecuente: encuadrar. Robert Entman definió el framing como seleccionar aspectos de la realidad y volverlos más salientes para promover una definición del problema, una causa, una evaluación moral y una solución. Lo decisivo es que el marco también decide lo que queda fuera: lo omitido guía tanto como lo dicho. Marcas y políticos no solo compiten por respuestas; compiten por preguntas. Si te convencen de que el tema es “libertad” y no “daño”, o “elección individual” y no “estructura”, ya te movieron a su tablero. La persuasión más estable no te grita “cree esto”: te susurra “piensa desde aquí”.


El tercer mecanismo es la opacidad por saturación: darte “información” suficiente para que no puedas convertirla en conocimiento. La literatura sobre transparencia y visibilidad advierte que disponibilidad no garantiza accesibilidad; puedes tener datos “públicos” y aun así opacidad práctica si son inaccesibles, ininterpretables o dispersos. En paralelo, revisiones académicas sobre sobrecarga de información muestran que el exceso degrada calidad de decisión, prolonga deliberación y aumenta estrés. No es solo “mucho contenido”: es debilitamiento de capacidad de acción. Si una institución te entrega cien PDFs para responder una pregunta simple, el resultado político puede ser el mismo que una negativa: desistimiento.


El cuarto mecanismo explica por qué esta tecnología es tan resistente: corregir no borra. La evidencia experimental sobre correcciones muestra límites estructurales. Una meta-análisis en Nature Human Behaviour (vía PMC) analizó 245 tamaños de efecto de 75 reportes con N = 53,320 y encontró que, en promedio, las correcciones de desinformación “ciencia-relevante” tuvieron un efecto pequeño y estadísticamente no concluyente en su estimación principal (d≈0.11), y aun en sus modelos de discusión se reportan efectos que, comparados con otras áreas, son menores. En cristiano: incluso cuando llega la rectificación, el daño cognitivo puede persistir, especialmente si el tema está politizado o polarizado. Por eso a marcas y políticos les sirve más crear un clima de duda o identidad que una mentira aislada: el sistema de creencias no se reinicia con un “fact-check”.


En conjunto, estos mecanismos forman una tesis incómoda: la ignorancia puede ser un producto institucional. Se fabrica con duda estratégica (para demorar), con encuadre (para dominar preguntas), con saturación (para agotar), y con dinámicas cognitivas que vuelven costosa la rectificación. No necesitas censurar para controlar; basta con administrar el entorno mental donde la gente decide qué cree, qué discute y cuándo se rinde.


Lo políticamente serio es que esto no afecta a todos por igual. Quien tiene tiempo, alfabetización mediática, redes expertas y estabilidad emocional puede atravesar la niebla; quien vive al día paga el costo completo de la sobrecarga y la incertidumbre. Así, la ignorancia producida no solo manipula opiniones: distribuye poder, porque decide quién puede sostener una verdad en público sin agotarse.


Referencias 

Chan, M. S., & Albarracín, D. (2023). A meta-analysis of correction effects in science-relevant misinformation. Nature Human Behaviour. (Versión en PMC).


Entman, R. M. (1993). Framing: Toward clarification of a fractured paradigm. Journal of Communication, 43(4), 51–58.


Moynihan, D. P., Herd, P., & Harvey, H. (2015). Administrative burden: Learning, psychological, and compliance costs in citizen-state interactions. Journal of Public Administration Research and Theory, 25(1), 43–69. (Marco conceptual útil para fricción institucional).


Proctor, R. N. (2008). Agnotology: A missing term to describe the cultural production of ignorance (Capítulo en Agnotology: The making and unmaking of ignorance). Stanford University Press.


Stohl, C., Stohl, M., & Crone, T. (2016). Managing opacity: Information visibility and the paradox of transparency. International Journal of Communication, 10, 123–144.


University of California, San Francisco. (1969). Smoking and Health Proposal (Industry Documents Library). (Documento con la frase “Doubt is our product”).


Arnold, M., et al. (2023). Dealing with information overload: A comprehensive review. Frontiers / revisión en PMC.

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