En las élites, la reputación no es un perfume de imagen pública: es una moneda. Se acumula, se invierte, se intercambia y, sobre todo, se usa para abrir puertas que el dinero por sí solo no abre. Un nombre “serio” consigue reuniones; un apellido “con peso” baja costos de transacción; un respaldo “de los correctos” convierte una apuesta riesgosa en decisión “responsable”. Y, como toda moneda, también sirve para comprar cosas oscuras: protección, paciencia institucional, silencio.
La manera más útil de entenderlo no es moral, sino analítica. En mercados inciertos —y la política es un mercado de incertidumbre— la reputación funciona como señal. Spence mostró que, cuando la calidad real es difícil de observar, los actores usan señales costosas o creíbles para distinguirse. En élites, esas señales no son diplomas: son fotos, avales, cargos previos, pertenencias, patronazgos, redes. No prueban “virtud”; prueban pertenencia y acceso a recursos.
Podolny trasladó esa lógica a estatus y jerarquías: el estatus opera como un atajo cognitivo para inferir calidad bajo incertidumbre. Si un actor es percibido como “alto estatus”, su información vale más, su error se perdona más, su riesgo se interpreta como audacia y no como negligencia. La reputación, entonces, no solo describe; ordena el mercado de oportunidades.
En política latinoamericana, esto se observa en tres transacciones recurrentes.
Primera: reputación por acceso. Un respaldo de “alguien pesado” no es un gesto simbólico: es un pase a circuitos donde se decide presupuesto, licencias, candidaturas o contratos. No siempre hay ilegalidad; hay prioridad. Quien llega con reputación prestada reduce el umbral de prueba: se le cree antes, se le escucha más y se le exige menos evidencia inicial.
Segunda: reputación por protección. La reputación también funciona como seguro. En crisis, algunos actores no son “defendidos” por argumentos, sino por la red que su nombre activa: operadores que llaman, aliados que silencian, medios que relativizan, instituciones que “administran tiempos”. Es la diferencia entre un escándalo terminal y un desgaste controlado.
Tercera: reputación por silencio. El intercambio más eficaz rara vez se firma: la reputación compra no agresión. “Yo no te nombro, tú no me nombras”. “Yo no empujo esta auditoría, tú no empujas aquella investigación”. En términos de redes, es gobernanza informal: coordinación sin contrato.
Lo decisivo es que este sistema no opera como “PR”, sino como infraestructura relacional. La teoría de redes de élites explica por qué: las conexiones entre élites políticas y económicas crean circuitos de influencia estables, con reglas informales que sobreviven a cambios de gobierno y a la rotación de cargos. Cuando la reputación se vuelve el lenguaje de esas redes, el poder deja de depender de una sola posición formal: circula por el tejido.
Y eso tiene un efecto político de fondo: la reputación sustituye procedimientos. En vez de competir por calidad verificable, se compite por señales de estatus; en vez de institucionalizar confianza pública, se privatiza la confianza en clanes reputacionales. El resultado es una desigualdad menos visible que la de ingresos: la desigualdad de credibilidad. Unos tienen beneficio de la duda; otros solo tienen duda.
La discusión incómoda no es si la reputación importa —siempre importará—, sino quién controla su emisión. Cuando la reputación depende de círculos cerrados (cúpulas partidistas, gremios, consultorías, liderazgos mediáticos), se vuelve un mecanismo de exclusión: no gana quien tiene mejores propuestas, sino quien puede exhibir mejores avales. La democracia se vuelve una competencia de sellos.
Una política pública seria contra esta arquitectura no empieza por moralizar “la imagen”. Empieza por bajar el valor transable de la reputación: reglas de transparencia en nombramientos, trazabilidad de decisiones, criterios públicos de selección, auditorías con independencia real y mecanismos que reduzcan el “beneficio automático” del estatus. Porque si no se toca la infraestructura, la reputación seguirá comprando lo mismo de siempre: acceso, protección y silencio.
Referencias
Podolny, J. M. (1993). A status-based model of market competition. American Journal of Sociology, 98(4), 829–872.
Spence, M. (1973). Job market signaling. The Quarterly Journal of Economics, 87(3), 355–374.
Oxford University Press. (2024). Why study elite networks? (Chapter PDF).
Cambridge University Press. (s. f.). The importance of status in markets (Chapter on status and markets).

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