En la era del “dato a un clic”, se volvió tentador confundir información con conocimiento. “Tengo cifras”, “vi un gráfico”, “hay un estudio”: fórmulas que funcionan como amuletos retóricos. Pero una tesis central de la epistemología social es más incómoda: la verdad no es una opinión fuerte ni un dato suelto; es una infraestructura. Depende de instituciones, prácticas y controles que hacen posible distinguir entre lo que simplemente circula y lo que merece confianza.
Robert K. Merton lo formuló desde la sociología de la ciencia con una intuición crucial: la ciencia no avanza solo por genialidad individual, sino por normas y arreglos colectivos que hacen verificable el conocimiento (comunalismo, universalismo, desinterés, escepticismo organizado). Esa lista no es moralismo; es arquitectura. Sin archivos accesibles, reglas de crítica, incentivos para corregir y mecanismos para sancionar el fraude, el “dato” pierde estatus epistemológico: se vuelve propaganda, marketing o simple ruido.
Por eso “tener datos” no equivale a “conocer”. Un dato aislado no trae consigo su cadena de custodia: ¿cómo se midió?, ¿con qué instrumento?, ¿qué se excluyó?, ¿qué supuestos se adoptaron?, ¿quién financió?, ¿qué sesgos introduce el diseño?, ¿cómo se comparó?, ¿qué incertidumbre tiene? La epistemología social (Goldman) insiste en que, en sociedades complejas, casi todo lo que creemos depende de testimonio experto; la pregunta racional no es “¿yo lo vi?”, sino “¿qué sistema hace confiable que alguien lo vio bien?”. La verdad, entonces, no es una propiedad privada: es un logro institucional.
En filosofía de la ciencia, la replicación y la revisión por pares suelen presentarse como rituales, pero son piezas de esa infraestructura. No garantizan perfección; garantizan algo más realista: la posibilidad de corrección. Longino argumenta que la objetividad no se obtiene eliminando valores o perspectivas, sino construyendo comunidades con crítica efectiva: diversidad de puntos de vista, foros de objeción, respuesta obligada a críticas y estándares públicos. Sin esas condiciones, lo que hay es “certeza”, pero no necesariamente verdad.
La sociología del conocimiento añade la dimensión política del asunto: las instituciones producen credibilidad de manera desigual. No todas las voces llegan con el mismo “capital de credibilidad”; hay jerarquías de autoridad, reputación y acceso que filtran qué se considera conocimiento legítimo. Shapin lo describe como una “economía” de confianza: creer no es solo evaluar evidencia, también es evaluar personas, organizaciones y procedimientos. Por eso, cuando se erosionan archivos, se degradan controles, se politizan agencias estadísticas o se premia el titular por encima de la verificación, la sociedad no pierde “opiniones”; pierde infraestructura de verdad.
La consecuencia práctica es directa y profundamente política: sin infraestructura, el debate público se vuelve guerra de pantallas. Dos bandos pueden exhibir “datos” opuestos y ambos sonar razonables, porque lo que está en disputa no es la cifra, sino el régimen de credibilidad que la sostiene. En ese vacío, la manipulación es barata: basta con producir gráficos, no con sostener métodos.
Defender la verdad, entonces, no es exigir que todos “piensen igual”. Es cuidar los pilares que permiten desacuerdo informado: metodologías transparentes, acceso a datos, auditorías, replicación cuando aplica, incentivos para corregir errores, protección a denunciantes, y organizaciones capaces de decir “no sabemos” sin que eso sea tratado como derrota política. La verdad como infraestructura no elimina el conflicto; lo vuelve discutible sin destruir la realidad compartida.
Referencias
Goldman, A. I. (1999). Knowledge in a social world. Oxford University Press.
Longino, H. E. (1990). Science as social knowledge: Values and objectivity in scientific inquiry. Princeton University Press.
Merton, R. K. (1973). The normative structure of science. En N. W. Storer (Ed.), The sociology of science: Theoretical and empirical investigations (pp. 267–278). University of Chicago Press. (Trabajo original publicado en 1942)
Oreskes, N., & Conway, E. M. (2010). Merchants of doubt: How a handful of scientists obscured the truth on issues from tobacco smoke to global warming. Bloomsbury Press.
Shapin, S. (1994). A social history of truth: Civility and science in seventeenth-century England. University of Chicago Press.

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