En el debate público se repite una confusión cómoda: creer que “tener datos” equivale a “conocer”. Como si la verdad fuera un objeto que se encuentra—una cifra, un gráfico, un PDF—y no un logro colectivo sostenido por instituciones. Pero en sociología del conocimiento científico y en estudios de ciencia, tecnología y sociedad (STS) la tesis es otra: la verdad funciona como infraestructura. No vive en una frase contundente ni en una opinión segura; vive en métodos, archivos, prácticas de control y comunidades que hacen posible que una versión del mundo sea verificable, criticable y, si hace falta, corregible.
Kuhn obligó a mirar un punto incómodo: lo que cuenta como “hecho” no está separado del marco que lo interpreta. Los paradigmas no solo explican datos; también definen qué preguntas son legítimas, qué instrumentos son confiables y qué anomalías se toleran antes de cambiar el marco. En esa lógica, la verdad no se decide por carisma, sino por comunidades disciplinares con reglas de prueba, estándares de evidencia y mecanismos para estabilizar resultados. Lo “objetivo” no es lo que nadie discute; es lo que puede resistir discusión organizada.
Latour llevó esa intuición a una imagen todavía más material: los hechos se vuelven hechos cuando se construyen redes que los sostienen—instrumentos, laboratorios, protocolos, financiamiento, citas, revisión, y también traducciones para audiencias externas. Su argumento no es que “todo sea invento”, sino que la realidad pública requiere trabajo: un dato sin cadena de producción, sin trazabilidad y sin posibilidad de reanálisis no es “verdad”; es un enunciado flotando. Un paper sin posibilidad de inspección metodológica se parece más a un manifiesto que a un conocimiento robusto.
Jasanoff, desde la idea de coproducción, añade la pieza política que suele ocultarse: ciencia y orden social se construyen mutuamente. No solo usamos evidencia para gobernar; el modo en que gobernamos define qué evidencia se produce, qué se mide, qué se archiva y qué se considera “relevante”. Por eso “regímenes de verdad” no son solo epistemología abstracta: son arreglos institucionales que determinan quién tiene autoridad para decir “esto es así”, con qué pruebas, y bajo qué auditorías.
Qué métodos y archivos sostienen una versión
Una versión del mundo se sostiene cuando existe infraestructura para al menos cuatro cosas:
Este punto conecta directamente con la vida pública: cuando una institución debilita sus archivos, oculta metodología o impide auditoría, no solo pierde transparencia; pierde capacidad de producir verdad estable. En ese vacío, el debate se llena de “datos” no comparables y de afirmaciones imposibles de falsar.
Cómo se fabrica credibilidad mediática
La credibilidad mediática no depende únicamente de evidencias; depende de señales que el público usa como atajos: prestigio de la fuente, consistencia narrativa, tono de certeza, rapidez, exclusividad, aval de expertos, y repetición coordinada. El problema es que muchas de esas señales pueden simularse.
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El formato de ciencia (gráficas, porcentajes, lenguaje técnico) puede existir sin método verificable.
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El estatus de un vocero puede sustituir la trazabilidad del dato: “lo dijo X” reemplaza “se puede comprobar”.
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La urgencia premia la velocidad sobre la verificación: el ciclo de noticia reduce el incentivo a esperar revisión o a mostrar incertidumbre.
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La polarización convierte credibilidad en identidad: se cree porque “es de los nuestros”, no porque sea auditable.
Por eso, en periodismo de investigación, la pregunta correcta no es “¿es convincente?”, sino “¿qué infraestructura sostiene esta afirmación?”. ¿Hay datos accesibles o solo capturas? ¿Hay metodología o solo resultados? ¿Se puede reconstruir la ruta desde el insumo hasta la conclusión? ¿Existen archivos, contrapruebas, registros independientes? La credibilidad robusta se comporta como una estructura: aguanta preguntas incómodas sin colapsar.
Al final, la verdad como infraestructura obliga a un criterio exigente: no tratar la verdad como un trofeo discursivo (“yo tengo datos”), sino como una práctica pública que requiere inversión institucional. Sin métodos, archivos y posibilidad de verificación, el conocimiento se vuelve espectáculo; y cuando el conocimiento es espectáculo, la política gobierna con percepción, no con realidad compartida.
Referencias
Jasanoff, S. (2004). States of knowledge: The co-production of science and the social order. Routledge.
Kuhn, T. S. (1962). The structure of scientific revolutions. University of Chicago Press.
Latour, B. (1987). Science in action: How to follow scientists and engineers through society. Harvard University Press.

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