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miércoles, 11 de febrero de 2026

La víctima perfecta existe y te exige pureza


El público suele reaccionar ante una agresión con una pregunta que se disfraza de “sentido común”: ¿y ella/él qué hacía ahí? La pregunta parece buscar hechos, pero muchas veces busca otra cosa: medir merecimiento. No se evalúa solo el daño; se evalúa si la persona encaja en el molde de la víctima “perfecta”. Si encajas, recibes empatía. Si no encajas —si bebiste, si estabas con alguien, si volviste a verlo, si trabajas en cierto lugar, si tienes “malas decisiones” en el historial— tu sufrimiento vale menos y tu credibilidad se negocia.


La criminología y la sociología moral llevan décadas documentando este mecanismo. Nils Christie lo conceptualizó como el “ideal victim”: una figura socialmente reconocible que reúne atributos que facilitan compasión y legitimidad (vulnerabilidad, respetabilidad, ausencia de ambigüedad, un agresor “malvado” y un escenario narrativamente limpio). Cuando el caso se sale del guion —violencias en la intimidad, víctimas estigmatizadas, contextos grises— el estatus de víctima se vuelve condicional. La tragedia no es solo que se dude de la víctima; es que se regatea la categoría misma de víctima.


En términos empíricos, la “víctima perfecta” no es una metáfora: aparece como sesgo medible. Una revisión sistemática sobre atribuciones de culpa en violación encuentra que las víctimas de violación por parte de conocidos reciben más culpa que las víctimas de violación por extraños, con un tamaño de efecto moderado. En otras palabras: cuando el agresor no encaja en el estereotipo del “monstruo desconocido” y la escena se parece a la vida real, aumenta la tendencia a responsabilizar a quien sufrió el daño.


Ese sesgo se alimenta de una infraestructura cultural más amplia: los mitos sobre la víctima “correcta” y el agresor “correcto”. Y aquí entra un dato duro de meta-análisis: un trabajo citado en una tesis que compila la literatura reporta que, en promedio, los hombres muestran una aceptación significativamente mayor de mitos sobre violación que las mujeres, con un tamaño de efecto grande (Cohen’s d ≈ 1.13). Ese diferencial no significa que “los hombres” sean un bloque homogéneo, pero sí muestra que los marcos culturales que habilitan el victim blaming se distribuyen de forma desigual y pueden predecir reacciones públicas ante denuncias.


La lógica moral detrás de la víctima perfecta tiene un nombre en investigación social: deservingness (merecimiento). La ciudadanía y las instituciones no solo preguntan “¿qué pasó?”; aplican criterios implícitos para decidir quién merece ayuda, justicia o credibilidad. Un marco influyente en políticas públicas resume esos criterios en cinco reglas intuitivas (CARIN): control (si la persona “tuvo culpa”), actitud (si “se porta bien”), reciprocidad (si “aporta”), identidad (si “es de los nuestros”) y necesidad (si “lo necesita”). En la vida real, estos filtros se activan incluso en contextos donde moralmente deberían ser irrelevantes: el daño no cambia porque alguien sea “simpático” o “imprudente”, pero la empatía pública sí.


Aquí es donde el fenómeno se vuelve socialmente peligroso: cuando el merecimiento se vuelve condición, la víctima aprende a autocensurarse. Sabe que su relato será auditado por pureza. Sabe que habrá un interrogatorio informal sobre su ropa, su horario, su pasado, sus relaciones, su carácter. Y entonces aparecen dos daños adicionales: el primero es el silencio (denunciar se vuelve demasiado costoso). El segundo es la desigualdad: algunas personas pueden performar la “víctima perfecta” con más facilidad que otras. La respetabilidad, el capital cultural y la ausencia de estigma funcionan como un seguro moral; quienes viven bajo estigmas —pobreza, trabajo informal, migración, diversidad sexual, ciertos barrios— entran a la escena pública con desventaja.


En este punto, el debate suele polarizarse entre dos posiciones igual de malas: o se exige creer siempre sin matices, o se instala la sospecha como norma. El enfoque institucionalmente útil es otro: separar credibilidad de merecimiento moral. Investigar hechos es necesario; condicionar empatía y derechos a un estándar de “pureza” no lo es. La víctima perfecta es una ficción política: sirve para reducir el universo de víctimas aceptables y, con ello, reducir el costo colectivo de reconocer la violencia como problema estructural.


La pregunta adulta, entonces, no es si existe gente “imprudente”. La pregunta es por qué, ante un daño, el público busca tranquilidad castigando a quien sufrió: porque si la víctima “hizo algo mal”, el mundo vuelve a sentirse controlable. Ese consuelo psicológico se compra con una injusticia social: convertir el dolor en un examen de conducta. Y mientras la empatía dependa de encajar, el espacio público seguirá produciendo una verdad cruel: no basta con ser víctima; hay que parecerlo.


Referencias 

Christie, N. (1986). The ideal victim. En E. A. Fattah (Ed.), From crime policy to victim policy: Reorienting the justice system (pp. 17–30). Palgrave Macmillan.


Meuleman, B., Roosma, F., & Abts, K. (2020). Welfare deservingness opinions: From heuristic to measurable concept. The CARIN deservingness principles scale. Social Indicators Research, 152, 195–218.


Oorschot, W. van. (2000). Who should get what, and why? On deservingness criteria and the conditionality of solidarity among the public. Policy & Politics, 28(1), 33–48.


Persson, S., & Dhingra, K. (2020). Attributions of blame in stranger and acquaintance rape: A systematic review. Trauma, Violence, & Abuse.


Suarez, E., & Gadalla, T. M. (2010). Stop blaming the victim: A meta-analysis on rape myths. Journal of Interpersonal Violence.

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