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miércoles, 8 de julio de 2026

Puebla y el agua: la memoria urbana que el poder decidió entubar


Las recientes inundaciones en Puebla no pueden explicarse únicamente por la intensidad de la lluvia. Las imágenes de automóviles atrapados y vialidades convertidas en ríos revelan un problema más profundo: una ciudad que durante décadas intentó ocultar el agua bajo el concreto. Lo que aparece como emergencia momentánea es, en realidad, la consecuencia visible de un modelo urbano que dejó de corresponder con la escala, las necesidades y los riesgos de la Puebla contemporánea.

La ciudad nació precisamente gracias al agua. El valle de Cuextlaxcoapan, marcado por la presencia del río Atoyac y el río San Francisco, permitió el desarrollo del asentamiento poblano y estructuró buena parte de su vida económica, social y urbana. Durante siglos, el río San Francisco no fue un obstáculo, sino un eje de organización territorial: separó barrios, conectó comunidades mediante puentes, abasteció lavaderos, movió molinos y acompañó el crecimiento de una de las ciudades más importantes del virreinato.

Sin embargo, el crecimiento demográfico, la contaminación y la expansión industrial modificaron la relación entre Puebla y sus ríos. Lo que antes había sido fuente de vida terminó convertido en drenaje abierto, foco de malos olores e inundaciones recurrentes. En ese contexto, el entubamiento del río San Francisco y la construcción del actual Bulevar Héroes del 5 de Mayo respondieron a la lógica urbana dominante de los años sesenta: controlar la naturaleza, acelerar la movilidad vehicular y conducir el agua fuera de la ciudad lo más rápido posible.

El problema no es que aquella decisión haya sido incomprensible en su momento. El problema es que la ciudad cambió y el modelo permaneció prácticamente intacto. Hoy la zona metropolitana supera los tres millones de habitantes, la superficie impermeable creció aceleradamente, desaparecieron áreas de infiltración y la misma infraestructura debe conducir agua pluvial, aguas residuales y residuos urbanos. La inundación no expresa el fracaso de una obra aislada, sino el agotamiento de una forma de imaginar la ciudad.

Desde la perspectiva del poder, el caso revela cómo las prioridades públicas definen el futuro urbano. Las grandes obras visibles suelen ofrecer réditos políticos inmediatos porque pueden inaugurarse, fotografiarse y presentarse como símbolos de transformación. En cambio, los colectores pluviales, los drenajes sanitarios separados, las plantas de tratamiento, la recuperación de acuíferos o la infraestructura verde son menos espectaculares, aunque resulten mucho más decisivos para la vida cotidiana. La ciudad no solo se construye con presupuesto; se construye con jerarquías políticas.

La comunicación pública también cumple un papel central. Cuando una inundación se presenta únicamente como producto de una “lluvia atípica”, se desplaza la discusión estructural hacia una explicación circunstancial. Esa narrativa puede aliviar la presión inmediata sobre las autoridades, pero impide discutir el fondo del problema: pérdida de áreas verdes, deterioro de ríos, falta de mantenimiento, crecimiento urbano desordenado y rezago en infraestructura hidráulica. Nombrar correctamente el problema es el primer paso para poder resolverlo.

Puebla posee uno de los centros históricos más valiosos del continente, pero conservar el patrimonio no significa únicamente restaurar fachadas, templos o casonas. También implica proteger las condiciones materiales que permiten que la ciudad siga siendo habitable. Una ciudad patrimonial que se inunda, que pierde árboles y que posterga su infraestructura básica termina poniendo en riesgo aquello que dice querer preservar. El patrimonio no vive en la piedra; vive en la comunidad que aún puede habitarla.

En última instancia, la pregunta no es solo qué obras necesita Puebla, sino qué idea de ciudad quiere heredar a las próximas generaciones. El progreso urbano no se mide únicamente por los proyectos que se anuncian, sino por los problemas estructurales que una sociedad decide enfrentar antes de que sea demasiado tarde. Recordar el agua no significa regresar al pasado, sino entender que ninguna ciudad puede desarrollarse contra su propia geografía. Puebla no necesita olvidar sus ríos: necesita volver a pensar su futuro a partir de ellos.

Fuente: Adaptado de “Puebla, la ciudad que olvidó el agua”, de José Benito Andrade, publicado en El Popular (7 de julio de 2026), complementado con un enfoque de comunicación política, poder urbano y planeación de infraestructura.

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