
La ciencia atraviesa lo que múltiples especialistas describen como una crisis de confianza sin precedentes recientes. No se trata simplemente de un rebrote del negacionismo clásico, sino, según el investigador Yurij Castelfranchi, de la Universidad Federal de Minas Gerais, de una auténtica crisis de legitimidad que afecta a la manera en que las sociedades se relacionan con el conocimiento experto en su conjunto.
Los datos disponibles son elocuentes. En Estados Unidos, la proporción de personas que declaraban confiar en que los científicos actuarían en beneficio del interés público cayó del 39% en 2020 al 29% en 2022, según cifras recogidas por el Consejo Científico Internacional. La organización británica Wellcome Trust ha encontrado, además, una correlación entre desigualdad económica y desconfianza científica: en los países con mayor concentración del ingreso —medida a través del coeficiente de Gini— la ciudadanía tiende a desconfiar más de la ciencia que en sociedades más igualitarias, lo que sugiere que el fenómeno tiene raíces sociales tanto como culturales.
Buena parte de esa desconfianza no nace de forma aislada, sino que se contagia de la erosión de confianza en otras instituciones. Cuando la ciudadanía desconfía de sus gobiernos, empresas farmacéuticas o medios de comunicación, esa desconfianza tiñe también a la ciencia, sobre todo cuando sus hallazgos se perciben vinculados a intereses económicos o políticos. En ese contexto polarizado, una medida tan rutinaria como fluorar el agua potable puede llegar a interpretarse, para parte de la población, como una imposición autoritaria antes que como una política de salud pública basada en evidencia.
Las redes sociales amplifican el problema por diseño: sus algoritmos privilegian el contenido emocional y polémico porque genera más interacción, lo que otorga ventaja sistemática a publicaciones que niegan el cambio climático o desacreditan vacunas frente a explicaciones científicas más complejas y matizadas. Un ejemplo reciente ilustra las consecuencias prácticas de este clima: en abril de 2026, un memorando del Secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, modificó protocolos sanitarios en las fuerzas armadas; semanas después, un brote de gripe afectó a 160 nuevos reclutas que dormían y se entrenaban en espacios de alto riesgo de contagio, y uno de ellos murió apenas seis semanas después de haber comenzado su instrucción.
La psicología social ofrece una explicación adicional: según estudios recientes, las actitudes hacia la ciencia están profundamente moldeadas por la identidad, la ideología, las relaciones sociales y el miedo, más que por el simple acceso a la información. Si una persona teme que una investigación científica —por ejemplo, sobre el impacto de la inteligencia artificial en su profesión— amenace su forma de vida, es más probable que busque activamente datos que la tranquilicen antes que evidencia que confirme la amenaza, un mecanismo de razonamiento motivado que ninguna campaña de divulgación resuelve por sí sola.
Aquí conviene un matiz importante: el escepticismo no es enemigo de la ciencia, sino parte constitutiva de su método. La diferencia, señalan varios analistas, está en que el escepticismo actual se ha vuelto más organizado, más ruidoso en redes y, sobre todo, más impermeable a la refutación con nueva evidencia —una mutación que lo aleja del sano cuestionamiento científico y lo acerca a una forma de identidad política antes que a una postura epistémica genuina.
Fuentes: Revista Pesquisa FAPESP, Consejo Científico Internacional, El Español, Psychology Today en español, Tendencias21.
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