Vivimos en el momento de la historia en que la medicina, la climatología y la biología son más precisas, transparentes y verificables que nunca. Y sin embargo, la desconfianza hacia quienes producen ese conocimiento no deja de crecer. Un estudio publicado en The Lancet en febrero de 2026 le puso nombre a esta contradicción: la "paradoja de la confianza", el hallazgo de que el problema no es la falta de datos, sino una ruptura sistémica en la conexión emocional entre la ciencia y la sociedad que la recibe.
Los datos más recientes matizan, sin embargo, la idea de un rechazo generalizado a la ciencia. La segunda edición del informe "Desinformación científica en España 2026", elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, encontró que 83.8% de la población confía en quienes generan conocimiento científico —muy por encima del 31% que confía en periodistas o el 11.9% que confía en políticos—. El problema, entonces, no es una crisis de fe en la ciencia como institución, sino algo más específico y más difícil de combatir: 25.5% de la población española admite preferir el "sentido común" a la evidencia científica cuando ambos entran en conflicto, y 25.2% cree que los científicos están confabulados con empresas y gobiernos. No es rechazo total; es desconfianza parcial, selectiva y emocional, que no necesita convencer a una mayoría para erosionar la credibilidad de la evidencia: solo necesita sembrar suficiente duda.
Esa duda encuentra hoy un vehículo nuevo y particularmente eficaz: la propia inteligencia artificial generativa. Una investigación de Press Gazette identificó más de 1,000 artículos en la prensa británica atribuidos a "expertos" falsos, inexistentes o directamente generados con IA, mientras que encuestas recientes muestran que 62% de las personas desconfía de la veracidad de contenido científico producido por estas herramientas. El terreno más fértil para la desinformación ya no son solo las grandes crisis sanitarias excepcionales —la pandemia, las vacunas— sino los temas cotidianos: 40% de la población española declaró haber recibido información falsa sobre nutrición y bienestar en la última semana, seguida de cerca por el cambio climático (36.2%) y los tratamientos médicos (31.9%).
Frente a este diagnóstico, especialistas coinciden en un punto poco intuitivo: el problema epistemológico de fondo no se resuelve con más datos, sino con mejor comunicación emocional. El propio estudio de The Lancet plantea que la meta no debería ser que el público "sepa más ciencia", sino que la ciencia recupere la capacidad de inspirar la misma confianza que antes otorgaba la tradición o la autoridad institucional. Un hallazgo del informe español respalda esa intuición desde el comportamiento real: pedirle a una persona que reflexione brevemente sobre la credibilidad de una noticia antes de compartirla reduce de forma medible la propagación de bulos, un experimento simple que sugiere que la solución al problema epistemológico de esta época pasa menos por acumular más evidencia y más por rediseñar el momento exacto en que decidimos, o no, confiar en lo que leemos.
Fuentes: OKDiario (Muy Interesante), Climática, Infobae España, Miguel Jara, La República, Euronews.
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