Cada junio, la empresa Clarivate publica el Journal Citation Reports (JCR), un listado que asigna a más de 22,000 revistas científicas de todo el mundo un número conocido como factor de impacto: el promedio de citas que reciben los artículos publicados en esa revista durante un periodo determinado. Ese número, pensado originalmente en los años sesenta como una herramienta para que las bibliotecas decidieran qué revistas suscribir, terminó convirtiéndose en la métrica más influyente —y más cuestionada— para evaluar carreras científicas enteras.
El problema de fondo, señalado por especialistas en bibliometría desde hace más de una década, es que el factor de impacto mide la revista, no el artículo individual ni, mucho menos, la calidad real de una investigación específica. Un artículo mediocre publicado en una revista de alto factor de impacto hereda estadísticamente el prestigio de esa revista, mientras que un hallazgo sólido publicado en una revista menos citada carga con una penalización que no tiene relación directa con su rigor científico. Los investigadores Björn Brembs, Katherine Button y Marcus Munafò lo plantearon sin rodeos en un trabajo ya clásico: la obsesión por publicar en revistas de "alto impacto" puede distorsionar la comunicación de los avances científicos, tanto dentro como fuera de la comunidad académica, precisamente porque convierte el prestigio de la publicación en un sustituto perezoso de la evaluación real del contenido.
La evidencia de que este problema no se resolvió con el tiempo, sino que persiste con fuerza, llegó en 2026: un estudio publicado en PLOS y reportado por Times Higher Education encontró que los factores de impacto de las revistas siguen ejerciendo lo que los propios autores llaman una "influencia indebida" sobre los procesos de evaluación académica, pese a que la comunidad científica lleva más de una década reconociendo públicamente sus limitaciones metodológicas —incluida la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación (DORA), firmada por miles de instituciones que se comprometieron formalmente a dejar de usar el factor de impacto como criterio principal de evaluación—.
La distorsión no es solo teórica: cuando la contratación, promoción y financiamiento de un científico depende en gran medida de publicar en revistas con factores de impacto altos, el incentivo se desplaza sutilmente de "hacer la mejor ciencia posible" a "producir el tipo de hallazgo que esas revistas prefieren publicar" —generalmente resultados novedosos, sorprendentes o con narrativas claras—, un sesgo que investigadores han vinculado directamente con la crisis de replicación científica, porque los hallazgos más "publicables" no siempre son los más robustos. Clarivate ha respondido a estas críticas incorporando en 2026 nuevas métricas complementarias, como el Journal Citation Indicator (JCI), normalizado por campo temático para permitir comparaciones más justas entre disciplinas con culturas de citación distintas. Pero especialistas en el tema, como la bibliometría Marianne Gauffriau, advierten sobre un riesgo que ya es casi una ley histórica de la ciencia de la ciencia: cualquier métrica nueva, por bien diseñada que esté, corre el riesgo de terminar usándose de forma tan inapropiada como la que pretendía reemplazar, mientras el sistema de incentivos de fondo —publicar mucho, publicar rápido, publicar donde más se cita— permanezca intacto.
Fuentes: La Ciencia de la Mula Francis, Universo Abierto, SciELO México, Ciencia Latina, FECYT (Recursos Científicos), UAM (Biblioguías).

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